El ritmo en los diálogos

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El ritmo en los diálogos es la velocidad y la cadencia con la que se suceden las intervenciones de los personajes. Puede ser rápido, lento o combinar diferentes velocidades dentro de una misma escena, dependiendo de la información que se transmite, de la situación y, sobre todo, del efecto que queramos provocar en el espectador. Por eso, no existe un ritmo adecuado para todos los diálogos: existe un ritmo adecuado para cada momento de la escena.

¿Qué ritmo es el más adecuado?

La primera decisión no debería ser hacer que un diálogo sea rápido o lento. Deberíamos preguntarnos qué ritmo necesita ese diálogo y qué queremos conseguir con él.

Es habitual asociar el aumento del conflicto con un aumento de la velocidad. Una discusión se intensifica, las réplicas se acortan, los personajes empiezan a pisarse y la conversación se acelera.

Es una posibilidad.

Pero no es la única.

¿Qué efecto produciría, por ejemplo, que el conflicto aumentase y, en lugar de acelerar el diálogo, lo ralentizáramos?

Imaginemos a un personaje que se encuentra ante un conflicto al que es incapaz de enfrentarse. Puede necesitar más tiempo para responder, dar rodeos, quedarse atrapado en una frase o incluso hablar más despacio cuanto mayor sea la presión.

El conflicto ha aumentado, pero el ritmo ha disminuido.

Y precisamente esa elección puede ser mucho más expresiva que acelerar la conversación.

Por eso conviene no establecer equivalencias automáticas entre una decisión formal y un efecto dramático:

más conflicto no significa necesariamente más velocidad.

Lo importante es conocer las posibilidades que tenemos y decidir entre ellas en función de la intención final que perseguimos.

El ritmo puede variar según los bloques de información, la situación y la reacción de los personajes ante lo que está ocurriendo.

No tiene sentido mantener una velocidad constante si la escena tampoco mantiene una intensidad constante.

El ritmo es una herramienta para conducir la atención del espectador, pero también para expresar cómo viven los personajes aquello que está sucediendo.

La melodía del diálogo: quién habla y cuándo

Cuando escribimos un diálogo solemos preocuparnos por las palabras que dice cada personaje. Pero existe otra cuestión que también construye la escena: el orden en el que intervienen.

Imaginemos diferentes combinaciones:

A-B-A-B

A-A-B-A

A-B-B-B

A-A-A-B

A-B-B-A

No producen exactamente la misma sensación.

En la primera, los personajes pueden parecer enfrentarse de manera equilibrada, intercambiando constantemente la palabra. En otras, uno de ellos puede dominar durante un momento la conversación o conseguir introducir varias ideas antes de que el otro responda.

Esta alternancia crea una especie de melodía del diálogo.

Por eso conviene mirar una escena no solo desde lo que dicen los personajes, sino también desde quién habla, quién responde y cuánto tarda en hacerlo.

Incluso una conversación aparentemente sencilla puede cambiar por completo si modificamos quién tiene la siguiente réplica.

La duración de las réplicas y las contrarréplicas

Otra forma de trabajar el ritmo consiste en decidir cuánto dura cada intervención.

Una réplica puede ocupar varias líneas o reducirse a una sola palabra.

También puede quedar interrumpida:

—Yo no quería decir que…

O repetirse:

—No. No, eso no es lo que…

O responder a una pregunta con otra pregunta:

—¿Dónde estabas?
—¿Por qué?

Son formas diferentes de organizar el tiempo de una conversación.

Las réplicas entrecortadas pueden transmitir rapidez, tensión o dificultad para expresarse. Una frase inacabada puede revelar que el personaje no sabe cómo continuar o que otro personaje le impide hacerlo. Una repetición puede mostrar que está intentando encontrar las palabras adecuadas. Un malentendido puede obligar a que la conversación avance por un camino inesperado.

Pero tampoco aquí deberíamos convertir estos recursos en equivalencias automáticas.

Una frase inacabada no significa necesariamente tensión. Una réplica larga no significa necesariamente calma. Una repetición no tiene por qué ralentizar la escena.

El recurso no contiene por sí mismo el efecto. El efecto depende del contexto y de la intención con la que lo utilizamos.

Por eso, al escribir, resulta más útil preguntarnos qué queremos provocar y después elegir cómo organizar las réplicas que decidir de antemano que determinada técnica produce determinado resultado.

Verborrea y concisión

No todos los personajes tienen por qué utilizar la misma cantidad de palabras para expresar una idea.

Hay personajes que necesitan dar rodeos, explicar, justificar y volver sobre lo que acaban de decir. Otros son mucho más concisos y responden con las palabras imprescindibles.

Esta diferencia puede formar parte de su caracterización.

Imaginemos dos personajes que tienen exactamente la misma información y persiguen el mismo objetivo. Uno puede necesitar cinco frases para llegar al punto y el otro puede resolverlo con una sola.

No estamos hablando necesariamente de un diálogo mejor o peor escrito.

Estamos hablando de dos maneras diferentes de hablar.

La verborrea puede revelar inseguridad, necesidad de aprobación, entusiasmo, nerviosismo o simplemente una determinada personalidad. La concisión puede revelar seguridad, reserva, cansancio, autoridad o dificultad para expresar lo que siente.

Pero tampoco debemos convertir estas asociaciones en reglas.

Un personaje puede hablar mucho cuando está nervioso y quedarse sin palabras cuando el conflicto supera su capacidad para afrontarlo. Otro puede utilizar normalmente frases cortas y, precisamente por eso, sorprendernos cuando en un momento determinado comienza a hablar mucho.

Lo interesante está en la elección y en la variación.

Por eso, cuando revisamos una escena, no deberíamos eliminar automáticamente las palabras que nos parezcan innecesarias.

La pregunta es otra:

¿Estas palabras sobran para el personaje o forman parte de su manera de expresarse?

Si forman parte de él, pueden estar haciendo algo más que transmitir información.

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